Vania se apresuró a abrir y en cuanto la niña rubia la miró, sus ojos brillantes y azules se agrandaron como dos luceros iluminándolo todo.
Tenía una sonrisa dulce en la que le faltaba un diente y eso lo hizo tragar con fuerza.
Era preciosa, como una muñeca de porcelana. Su cabello era igual que el de su madre, pero la chiquilla lo llevaba largo, casi hasta la cintura, a diferencia de Vania, que ahora lo usaba mucho más corto.
Vania le susurró varias cosas a la niña que no salía del hueco de su