Rocio
bebía la segunda botella que Mauro había abierto. Tenía sed por culpa de la pizza artificialmente salada que habían comido y demasiados nervios de haberse sentado a la mesa con aquel extraño que la miraba con los ojos más profundos que hubiera visto en su vida.
Casi no escuchaba lo que le decía, toda su atención se había visto esmerilada por aquel tóxico veneno que traía el alcohol consigo.
Por eso no tomaba.
Una vez había intentado hacerlo, había intentado liberarse, ser como su hermana,