—¡Maldita sea! ¿Por qué me hacen esto? ¡Soy inocente! —gruñó Rose mientras arrojaba al piso las cosas que tenía a la mano.
Marcela, su madre, se acercó para agarrar su brazo e impedir que rompiera otro artefacto más.
—¡Basta, Rosaline! ¡Cálmate!
—¡Déjame! ¡Necesito desahogarme! —objetó al borde de las lágrimas.
La mujer detestaba ver cómo su hija sufría por su expulsión de Master Games, pero necesitaba que ella aprendiera a controlar sus emociones.
—¡Lo sé! Pero ahora no es momento de hacer