Una semana después, en una cafetería acogedora, Maddie se encontraba sentada en una mesa colocada junto a la ventana, mirando con ansiedad a las personas que caminaban en la calle. Finalmente había conseguido que Leo aceptara charlar con ella y eso le generaba demasiada emoción, al grado de sentir punzadas en el estómago cada vez que veía a un hombre pasar cerca del establecimiento.
Habían acordado verse a las 5:30 de la tarde, pero en ese momento faltaban 15 minutos para las seis, lo que come