Permanecemos unos minutos más en el coche, Jack no deja de removerse y parece aliviado cuando salimos y me da las llaves como si quemaran. Caminamos en silencio por la calle hasta la fiesta, me acompaña por el lateral y hunde su mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros para no perderme entre la gente. Por suerte el tumulto de gente arremolinado sobre la mesa de ping-pong es tan grande que encontrarlos es algo más fácil.
Levanto la cabeza lo suficiente para darme cuenta de que Jack me está