Merit
—¡No aflojes el ritmo, Aliyah! —grité por encima del rugido de los motores detrás de nosotras, apretando con más fuerza su muñeca temblorosa mientras nuestras zapatillas golpeaban el frío asfalto.
—¡Me duele el pecho! ¡No puedo correr más, Merit! —sollozó ella, con la respiración entrecortada y desesperada—. ¡Esos coches nos van a atropellar!
Doblámos una esquina brusca, salimos de la carretera principal y nos metimos de lleno en el estrecho callejón que conducía al mercado nocturno del