Por Charlotte
La inmensa puerta de vidrio se abrió cuando me acerqué para ingresar a la clínica.
No logré hacerlo.
No pude dar un paso.
Delante de las puertas del uno de los ascensores, estaba él, con un maletín en su mano, con un traje gris, que a la distancia le quedaba perfecto, aunque lo hacía muy serio, no parecía el hombre que me realizó el tobillo; tampoco parecía el mismo que me habló al oído el sábado, y que segundos después se fue con una mujer cualquiera.
Vi como una mujer, muy elega