La boda de Gabriel se acercaba inexorablemente, como un destino marcado en el calendario al que no deseaba acudir. Desde el primer momento, lo supe con una certeza silenciosa: no quería ir. Y, sin embargo, mis compañeros insistían, repitiendo una y otra vez que no pasaría nada, que sería solo una noche, solo una celebración más.
Mi confidente, siempre con su tono perspicaz, compartía la misma opinión, pero iba más allá. No solo debía asistir, sino hacerlo acompañada de Jacobo. Según él, aquello