—¡Gabriel! Tú no puedes estar aquí, debes irte en este momento…
Pero él no se movió. Sus ojos ardían con una intensidad que nunca antes había visto en él, y cuando habló, cada palabra fue un dardo envenenado.
—¿Acaso me estás ocultando algo, querida Aurora? —dijo con un tono afilado, cruel—. ¿Acaso tienes a Jacobo en tu cama?
El golpe de sus palabras fue más feroz de lo que esperaba. Sentí el ardor en mis mejillas, un dolor punzante en el pecho. Nunca lo había visto así. Los celos lo estaban de