El sueño fue ligero, pero reconfortante. Me acurruqué en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo y el ritmo acompasado de su respiración. Dormimos juntos durante dos horas, apenas un susurro en la inmensidad del tiempo, y sin embargo, cada instante pareció envolverme en una sensación de paz efímera. Cuando desperté, el tenue resplandor de la tarde se filtraba por las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados. Me deslicé con cuidado fuera de la cama, intentando no perturbar su descanso.