Mi aliento se atascó en la garganta.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, la sorpresa tiñendo cada sílaba.
Pero él no respondió. No con palabras.
Antes de que pudiera detenerlo, cruzó el umbral de mi departamento como si aún tuviera derecho a hacerlo, como si su presencia aquí no fuera un terremoto sacudiendo mi mundo.
—Tienes que escucharme —dijo, su tono firme, pero su mirada… su mirada me quemaba.
Di un paso atrás, aferrándome a la tela húmeda de mi bata, intentando recuperar el control.
—Vete, Gabr