La noche era sumamente fría, de esas en las que el frío se filtra por cada rendija, aferrándose a la piel como un huésped indeseado. A pesar de que Jacobo dormía a mi lado, su cuerpo tibio no bastaba para disipar el hielo que se aferraba a mis manos y pies. Me estremecí bajo las cobijas, sintiendo cómo el invierno parecía haberse instalado en mis huesos.
Con movimientos cuidadosos, me deslicé fuera de la cama, temerosa de perturbar el sueño profundo de Jacobo. Crucé la habitación en penumbras h