El atardecer teñía el cielo de tonos dorados y naranjas, pero dentro de la oficina, el ambiente era más denso que nunca. Rebeca, con su porte imponente y mirada inquisitiva, no apartaba los ojos de mí. Sus ojos, tan afilados como su presencia, me hacían sentir vulnerable, atrapada en un juego de tensiones silenciosas. No podía darme el lujo de mostrar debilidad.
Entonces, como un rayo de luz en medio de la tormenta, apareció él. Mi compañero de trabajo y confidente, con su expresión serena y su