Regresamos a la oficina cuando mi respiración ya era más pausada y mi mente, un poco más despejada. La tormenta emocional que había nublado mi día comenzaba a disiparse, y lo mejor de todo: Gabriel y Rebeca ya se habían marchado. No tendría que verlos más hoy. Un suspiro de alivio escapó de mis labios sin darme cuenta.
El ambiente había cambiado. Lo que antes era una presión asfixiante ahora se sentía más ligero, casi como si el aire pudiera moverse con libertad otra vez. Me refugié en mis tare