El descanso no trajo alivio, solo tiempo suficiente para que el peso de lo ocurrido se asentara con más claridad en cada uno de ellos, como una herida que deja de arder para empezar a doler de verdad. El claro seguía en silencio, pero ya no era un silencio compartido ni neutro, sino uno cargado de todo lo que no se estaba diciendo, de cada pensamiento que ninguno quería poner en palabras pero que, aun así, se sentía presente en el aire, espeso, inevitable.
Natalia no había dormido.
Su cuerpo lo