—¡No me llames de ese modo, cerdo! —espetó Ekaterina iracunda.
Nathan no soportó más la incertidumbre que le causaba toda aquella situación. Salió de su escondite y entró a la pequeña habitación. Al verlo, Ekaterina se sobresaltó y lo contempló totalmente incrédula.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó al agente.
—He aprendido a predecirte —contestó dándole una rápida mirada.
—Mira nada más —habló el hombre desconocido que permanecía a unos dos metros de distancia. Tenía unos treinta años, pelo