La tensión llegó a un punto de quiebre después de la cena.
Julio, sintiendo los efectos del vino y del largo día, se levantó y se estiró.
—Voy a darme una ducha para quitarme el viaje de encima antes de que nos relajemos por la noche. ¿Por qué no se ponen al día ustedes dos en la sala?
—Por supuesto, hijo —dijo Diego, con su voz suave como la seda—. Tómate tu tiempo.
En el segundo en que Julio desapareció por el pasillo y el sonido de la ducha comenzó a silbar, un ruido constante y rítmico que