El aire en el baño de visitas era denso, olía a jabón caro y al rancio aroma a almizcle del clímax de Diego. Estaba paralizada, con la espalda presionada contra el mármol frío del lavabo, con las piernas aún temblando por la intensidad del orgasmo que me acababa de arrancar.
Debajo de mí, la evidencia de nuestra traición era un flujo cálido y viscoso que se deslizaba por la cara interna de mis muslos, acumulándose en el suelo.
"—¿Celine? ¿Sigues ahí dentro?"
La voz de Julio estaba tan cerca que