El sonido de sus pasos no solo resonaba en el pasillo; vibraba a través de las plantas de mis pies, enviando una descarga de puro terror y excitación directo a mi centro.
Me quedé helada en el centro de mi habitación, mientras el aro de luz aún proyectaba un resplandor clínico, blanco azulado, sobre mi cuerpo tembloroso. Todavía llevaba el vestido de enfermera de látex blanco, con la tela pegada a mi piel húmeda, y la máscara de encaje que ahora se sentía menos como un escudo y más como una cor