El sonido de la puerta principal cerrándose al encajar fue como un disparo en el silencio opresivo de la habitación. Mi corazón no solo latía; martilleaba contra mis costillas, como un animal frenético y atrapado.
Todavía estaba acorralada contra la pared, con las piernas temblando tan violentamente que apenas podía ponerme en pie, y la sensación del semen espeso y caliente de Diego chorreando de forma constante por la cara interna de mis muslos era un recordatorio obsceno y palpitante de lo qu