El silencio en la habitación era sofocante, roto únicamente por el ritmo frenético e irregular de mi respiración y el timbre electrónico, distante y persistente, del teléfono.
Diego no se movió.
Permaneció erguido sobre mí, como un depredador disfrutando del momento de la rendición total. Su polla, resbaladiza por una mezcla de mi jugo y su propio líquido preseminal, era un peso caliente y palpitante que presionaba contra mi entrada hinchada.
Justo cuando pensé que respondería, cambió de posici