LXXVII

El campo árido de la zona occidental se extendía más allá de las almenas como un inmenso cadáver desollado bajo un cielo plomizo que se negaba a llover o a despejarse. Era un páramo de rastrojos secos, tierra agrietada y colinas calvas que exhalaban el hedor perenne de las salinas cercanas.

Desde las marismas azotadas por el viento del norte, el aire transportaba una bruma blanca y densa; una costra salina y corrosiva que se filtraba sin descanso por las junturas de las ventanas de plomo y los
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