Una temblorosa Victoria llegó a una modesta posada con apariencia abandonada. La joven mujer detalló los precios de alquiler y decidió que, con el poco dinero que poseía, aquello era lo mejor que podía costearse.
—Por favor, quisiera una habitación—solicitó.
—¿Por cuánto tiempo?—fue la pregunta de la encargada.
—Un mes—respondió titubeante.
La chica la miro como si no entendiera lo que acababa de decir.
—¿Un mes?—repitió escéptica.
—Sí.
—Señorita, si lo que buscaba es un alquiler fijo le puedo