Gabriel caminó a paso firme y se detuvo frente al ascensor, bloqueándole el paso a su abuelo. Su cara se veía tranquila, pero la tensión en su mandíbula decía lo contrario.
Miró de reojo a los dos guardaespaldas que acompañaban a Alfred.
—¿Podrían dejarnos solos, por favor? —preguntó con firmeza.
Los hombres intercambiaron una mirada rápida, asintieron y se hicieron a un lado para darles privacidad.
Alfred se quedó callado, con la cara seria e imperturbable.
—¿De qué se trata esto? —preguntó en