—Gracias, Stephen. En serio agradezco su atención —dijo Isla en voz baja, aunque su corazón pesaba por la inquietud.
—No es nada, señora, en serio —respondió el hombre con su habitual sonrisa cortés. Isla asintió, agradecida por sus buenos modales.
—Por favor, pasemos, señora —añadió, guiándola con delicadeza hacia el gran salón familiar.
Caminaba despacio, como si fuera consciente de la tensión que se respiraba en la habitación cerrada.
Al llegar a las altas puertas dobles del gran salón famil