Se obligó a respirar despacio. Mercy lo notó. Se detuvo a media frase y lo miró a los ojos.
—Estás muy callado esta noche —dijo.
—Te escucho —respondió, con la voz más ronca de lo que quería—. Me gusta escucharte hablar. Podría escucharte toda la noche.
Mercy se sonrojó. Miró su copa y luego volvió a verlo entre las pestañas.
—No creo que podamos quedarnos otra noche aquí, Mercy. —Lo dijo antes de poder contenerse—. Ya no aguanto seguir conteniéndome.
Ella jadeó, sorprendida. Dejó la copa.
—No p