El claro se llenó de un silencio inquietante, la luz de la gema que había desaparecido dejando solo oscuridad. Tara podía sentir la presencia de los Tejedores, acercándose, acechando. El aire estaba denso, pesado, como si todo el bosque hubiera dejado de respirar.
—¡Atrás! —gritó Rhidian, su espada levantada mientras avanzaba para ponerse entre Tara y las sombras que se deslizaban entre los árboles. Bella, detrás de él, también estaba lista, con la espada firmemente en sus manos.
Tara sintió