Todo fue mi culpa, siempre le hacía cosas inapropiadas a mi cuñada, y por eso ella se enfadaba conmigo.
Cené solo en silencio, luego me encargué de lavar los platos.
Me tumbé en la cama, pero daba vueltas y vueltas sin poder lograr conciliar el sueño.
Decidí que lo mejor sería pedirle disculpas a mi cuñada.
Realmente no quería que ella siguiera molesta conmigo.
Así que, junté valor suficiente y me dirigí a la habitación de mi cuñada.
—Toc, toc, toc.— Llamé con suavidad a su puerta.
Pero ella no