Con un tono ligeramente molesto, le dije: —Luna, fuiste tú quien me preguntó primero, y ahora me dices esto.
Luna, con el rostro avergonzado, respondió apenada: —Tienes razón, me equivoqué. No debí decir eso, Óscar. No te enojes conmigo, ¿sí?
Me sorprendió muchísimo que Luna intentara calmarme, lo cual me hizo sentir halagado.
De inmediato sonreí y dije: —Nunca podría enojarme contigo, Luna.
—Eres muy dulce, Óscar.
—Óscar, ¿podrías traerme una manta, por favor?
—Claro, con gusto.
Me dirigí al ar