—¡Óscar! ¡Tú mismo dijiste que querías casarte con Luna! —mi cuñada intentaba detenerme al ver cómo me perdía cada vez más en mis impulsos.
Sabía que, si no insistía ahora, jamás tendría otra oportunidad para estar con ella.
Así que ignoré por completo sus palabras y seguí acercándome, provocándola poco a poco.
Apresurado, logré desabrochar su pantalón.
Ella notó mi urgencia y, casi en tono de súplica, me pidió: —Óscar, cálmate un poco, por favor.
—Cuñada, ¿de verdad crees que en este momento pu