—¡No te preocupes por mí, Luna! Soy capaz de manejar cualquier asunto, — dije con confianza, golpeándome el pecho.
En ese preciso momento, frente a Luna, ya no me sentía como su —hermanito— sino como un hombre.
Un hombre de verdad no permitiría que la mujer que ama se preocupara por él.
Un hombre debe ser seguro de sí mismo y además proteger a la mujer que ama.
Luna no pudo evitar reírse de nuevo: —¡Eres terrible! Me haces querer llorar otra vez.
—¡Ni se te ocurra volver a llorar! Se te inflaman