María me miró con rabia, como si me culpase por haber olvidado a su amiga.
Pensé: ¡Esto no es culpa mía! Tengo tantos clientes que es imposible recordar a todos, ¿cómo podría acordarme precisamente de ella?
—Vale, vale, ya lo sé,— respondí, algo desconcertado.
—¿Qué clase de actitud tan fea es esa? ¿Estás acaso burlándote de mí?— María estalló de repente en ira.
Me quedé completamente perdido, sin saber qué decir: —Señorita María, ¿qué quieres que haga entonces?
—Quiero que cambies tu actitud co