No quería quedarme solo, así que, sonriendo, le dije: —Yo también quiero ir. Cuñada, ¿puedo ir con ustedes?
Mi cuñada me miró con una expresión algo extraña, y luego me dijo: —Si quieres ir, ve. Eres libre, no tienes que preguntarme.
De inmediato me apresuré a seguirlas.
Como antes lo solía hacer, tomé el brazo de mi cuñada con una mano y el de Luna con la otra.
Aunque no podía hacer mucho en ese momento, estar entre dos mujeres tan hermosas me hacía sentir muy feliz y satisfecho.
En especial,