No sabía muy bien cómo mover las manos.
Solo sentía que mis mejillas estaban ardiendo con pasión, y mi corazón parecía estar a punto de salirse de mi pecho.
—¿Qué pasa? ¿Por qué dejaste de masajearme? ¿Te dije algo demasiado evidente y además te asusté?—
La señora Elara, al terminar de hablar, se tapó la boca mientras sonreía de manera disimulada. —Soy una persona común y corriente, ya estoy acostumbrada a ser así. No te lo tomes a mal.
Sonreí nerviosamente. —No, no para nada.
Aunque decía eso,