Pasadas las nueve de la mañana, llegué a la entrada del hospital San Rafael.
Apenas bajé del auto, una figura apareció de repente y bloqueó mi camino.
Era Raúl. Su aspecto estaba entre agotado y enfurecido a la vez, en mi interior se mezclaron un sinfín de emociones.
Podía ver claramente que no había dormido nada en toda la noche.
Estaba completamente abatido, con los ojos enardecidos, pero no sentí ni un mínimo de compasión por él.
Porque, al fin y al cabo, todo esto era consecuencia de sus pro