Era un tipo de atracción que iba más allá de lo físico, una tensión sexual aterradora que parecía ser sobrenatural.
De verdad sentía que estaba a punto de perder el control.
Pero no dejaba de repetirme en mi mente una y otra vez: —¡No puedes tocarla! ¡No puedes hacerlo!
No me importaba lo que pudiera pasarme, pero no podía permitir que mis acciones afectaran a Luna ni a mi cuñada. Ellas no tenían por qué cargar con las consecuencias de mis errores.
Con este pensamiento como mi única ancla, apret