—Seguro que me estás mintiendo, ¡tú, mujer, nunca dices una verdad!
No estaba seguro si esta mujer me estaba engañando, pero por instinto sentía que sí.
A ella le encantaba hacerme bromas, como si se divirtiera haciéndome sufrir.
Viviana seguía sonriéndome con cierta picardía, —Bueno, si lo piensas de esa manera, entonces considérame una mentirosa. Entonces ven y haz el amor conmigo.
Y de nuevo, comenzó a provocarme.
Incluso con su pie, empezó a frotarlo contra mi pecho.
Miré sus pies, eran tan