PUNTO DE VISTA DE RAFAEL**
Llegué a casa del trabajo esa tarde y encontré a Teresa sentada en el sofá, con las manos entrelazadas en su regazo, el rostro pálido y nervioso.
—Hola —dije, dejando el maletín—. ¿Estás bien?
—¿Podemos hablar?
Se me cayó el estómago. Nunca nada bueno seguía a un “¿pod