—Guau —dijo Teresa al fin.
—Sí. Guau.
Ella rio, y la vibración de su risa se extendió por mi pecho.
—Estamos casados.
—Estamos casados.
—Y eso fue increíble.
—Ese fue solo el comienzo. Tenemos toda la noche.
Se apoyó sobre un codo para mirarme, con el cabello cayéndole sobre el hombro.
—¿E