—Bien, ¡muy bien!
—¡Rápido, mátalo de una vez, este pequeño bastardo!
Al ver esta escena, Urbano sonrió malévolamente, y en sus ojos volvió a encenderse una chispa de esperanza.
Sabía muy bien que Christian estaba rodeado, sin escape posible. Incluso si Christian tenía habilidades excepcionales, estaba condenado a morir.
A menos que ocurriera un milagro.
Sin embargo, antes de que sus optimistas pensamientos pudieran concretarse, en el siguiente momento, ocurrió algo que le cayó como un balde de