Amanda no sabía que, incluso sin llegar al último paso, él podía hacerla sentir como si subiese al cielo para ver las estrellas y después bajar directo al suelo y su realidad.
Al principio, mordía sus labios para no emitir ningún sonido, sintiéndose avergonzada, pensando que era vulgar y humillante dejarse llevar. Pero él siempre encontraba la manera de hacerla ceder, con paciencia, susurrándole al oído hasta que poco a poco se dejaba ir.
Incluso la animaba:
—Tu voz suena como melodía para mis o