Una muerte inesperada.
Mientras conducía, estaba muy preocupada por la manera en que Sebastián se había comportado conmigo. Pero tal vez tuviera alguna razón de peso para estar tan irritado.
—¿Estás triste? —me preguntó Tom, sorprendiéndome. Él nunca me dirigía la palabra. Pero que lo hiciera me hizo sentir enternecida.
—No, claro que no, cariño. ¿Por qué lo preguntas? —respondí, tratando de sonar convincente.
—Porque cuando saliste de la oficina parecías triste.
—No te preocupes, Tom. Es solo que... me duele un