91. La cúspide de los deseos… tan malos, como buenos
Podía escuchar mis pulsaciones al tiempo que nos movíamos hasta un lugar seguro. Nadie conocía el hotel Ferragni mejor que yo. Había correteado cada pequeño espacio desde que tenia uso de razón, así que nos arrastré por un angosto pasillo hasta saber que llegaríamos al pequeño cuarto de muebles viejos.
Para nuestra suerte, estaba abierto, solo había que girar el pomo y dejar que el mundo exterior se apagara para nosotros.
Así fue…
Desesperada por sentirle, acaricie su pecho y cuello. Sebastian