82. Una cruda verdad y una amenaza
Bella
—¿Qué hacemos aquí? —Pregunté luego de un instante de silencio.
Rigo había detenido el auto frente a la conocida fundación Fiore di campo. Un lugar que acobijaba en sus paredes a madres y niños que habían sufrido de violencia intrafamiliar, y, que, en su representación, se encontraban buenas mujeres de la alta alcurnia.
Guadalupe Garza era una de ellas.
Me tembló el pulso y me supo amargo descubrir la sonrisa poderosa que se estiraba en la comisura de los labios de Sandro. Aquel gesto gua