105. La mafia no es misericordiosa
Gia
El reloj que colgaba en mi muñeca indicaba que faltaba un cuarto de hora para las cuatro de la madrugada. El frio se mecía tétrico en los pasillos y el silencio si quiera confortaba.
Con las emociones atolondradas y un café caliente en la mano, entré a la pequeña sala de cámaras de seguridad y coloqué la taza sobre el escritorio. Carlo reparó en cada uno de mis movimientos y me invitó en silencio a que me acercara.
Cuando lo hice, su mano rodeó mi cintura y me instó a sentarme sobre una de