—¡Aurora! ¡Serás mi dama de honor! —exclamó Salomé, derribando la puerta de mi habitación.
Había pasado un día desde lo sucedido con Oscar en la biblioteca y era de noche. Estaba en mi habitación, peinando mi cabello como de costumbre después de haber tomado una ducha.
Me sobresalté en cuanto la castaña entró a la fuerza. No tumbó la puerta literalmente, pero el golpe fue estruendoso para mis oídos.
Yo tenía la toalla puesta encima, mientras que la ropa que me iba a poner reposaba sobre la oril