Estábamos en los enormes jardines del palacio donde las flores resplandecían orgullosas de nuestra felicidad. Cada detalle había sido minuciosamente seleccionado para este día.
Los invitados esparcían alegría y dicha por todo el lugar con discretas carcajadas y placenteras conversaciones que eran apenas perceptibles sobre la melodía suave que resonaba en los alrededores.
Pero aquella desagradable sensación que me había acompañado toda la mañana no abandonaba mi pecho, era un pésimo sabor de bo