Vagué por los pasillos del palacio con aquel tonto libro que definitivamente ya no me interesaba leer sin saber a dónde me dirigía verdaderamente, lo único que tenía claro en mi cabeza era que no podía mirarlo a la cara. No entendía como nos había descubierto y no dejaba de pensar en el modo de avisarle a Nain, su amenaza no era un juego y eso era lo que más me aterraba.
Algo dentro de mí sabía que él era capaz de hacerlo.
De repente unos sollozos llegaron a mis oídos, alguien suplicaba por su