Quizás no se esperaba que fuera tan firme, porque el anciano Castillo mostró una ligera sorpresa. En los ojos de Sofía, había satisfacción; al afrontar al anciano, lograba lo que siempre había querido: que él me despreciara.
Sin esperar a que el anciano se enojara, rápidamente comencé a explicar.
—Mi compañero de universidad me invitó a cenar; su primo acaba de regresar al país. La última vez, Alicia me sorprendió, y el borracho dijo que era una monja guapa y que quería quitarme la peluca. Su pr