Mi salud empeoraba cada vez más; casi cada pocos días me desmayaba.
Francisco había comenzado a usar un nuevo medicamento que, aunque lograba suprimir las células cancerosas, también parecía hacer que me sintiera más mal.
Finalmente, para evitar que sufriera algún contratiempo, me prohibió salir de la habitación. Antes disfrutaba de media hora al día para tomar aire, pero ahora ni eso tenía.
Cada día me sentaba frente a la ventana, observando el exterior. El hospital privado tenía una buena vege